Baño exclusivo para clientes
Nada menos

Los bomberos, los tipazos que a esta hora están salvando mascotas. Los brigadistas, los vecinos que perdieron todo y fueron a proteger casas que no eran las suyas. Los niños que juegan como niños y que regalan sus juguetes para que otros también lo hagan. Las mamás preocupadas que sus cabros chicos en el puerto no pierdan clases, que sigan yendo, que recuperen las horas perdidas, que aprendan para que tengan un mejor pasar un día que ni siquiera están seguras que llegará. Las enfermeras, los profes, las compañías de teatro que van a cuidar y a transportar a los damnificados. Los que se conmueven, los que se movilizan con el dolor ajeno, los que no se pueden quedar ajenos al dolor. El Techo, el Desafío, las Federaciones de Estudiantes, los voluntarios, los que no fueron a estorbar, los héroes anónimos, los que saben que con tuitear o actualizar el perfil de Facebook no basta. Los que mañana se levantarán y llamarán a su hermano, a su viejo, a su mamá, al amigo y juntarán muchas manos para ayudar como se debe. Los que están allá peleandola una vez más. Los que lo perdieron todo y dicen “es sólo algo material”. Los que hablan, pero sobre todo: los que escuchan. Los que no pusieron su partido o tendencia política primero, los jóvenes, que no pueden ser ni hacer otra cosa que ser jóvenes y estremecerse con las imágenes y no quedarse quietos. Los que no se van a olvidar con el paso de los días. Los miles que a esta hora mastican algo más grande que ellos en su interior y que saben que deben comprometerse. Lo mejor de Chile, muchachos, en estos momentos, en estos momentos es cuando debe salir lo mejor de Chile, nada menos. #FuerzaValpo.

Soñé que era Claudio Bertoni y tenía que seguir inventando chistes para que los estudiantes me siguieran aplaudiendo, aunque llevaba años aburrido de hacerlo.
Soñé que era Vicente Huidobro y escribía un poema en una carretera a lo largo de todo Chile. Entonces un periodista me preguntaba si era en apoyo a los estudiantes, si era contra la guerra en Siria, si lo hacía para que el pan no subiera y Rodrigo Lira no volviera a suicidarse. Soñé que era Rodrigo Lira y vivía hasta los 100 años.
Soñé que era Stella Diaz Varín y volvía al Café Iris donde toda la generación del 50 me prometió algo que no cumpliría.
Volví a soñar que era Stella Diaz Varín y por fin me daba el gusto de matar a González Videla.
Soñé que era Pepe Donoso y me casaba con un hombre y no importaba cuántos obscenos pájaros de la noche escribiera, la gente sólo me preguntaba por mi pareja.
Soñé que era Jorge Teillier y despertaba en el futuro que siempre me causó nostalgia. Era un cúmulo de edificios parados y sin sangre.
Soñé que era Enrique Lihn y caminábamos en línea recta con Jodorowsky. Atravesábamos casas y almacenes abandonados y finalmente llegábamos a un precipicio. Alejandro me miraba y me decía que saltara, que los seres humanos podían lograrlo todo. Entonces yo lo empujaba y nunca más lo volvía a ver.
Soñé que era Roberto Bolaño y me había hecho el muerto para que me dejaran tranquilo. Había abierto una librería en el Edificio Pedro de Valdivia de Concepción y dejaba que Pepito Tequila me robara libros con sus amigos borrachos.
Soñé que era Pablo Neruda y volvía a vivir a Isla Negra y no lo soportaba. Ese millar de flashes, no lo soportaba.
Soñé que era Nicanor Parra y me suicidaba un día antes de cumplir 100 años, sólo para no darles en el gusto.
Y entonces desperté.

Una de las fotos tomadas frente a uno de los siete murales de Mirrors George Town, de Ernest Zacharevic / Liew Chi Khong.

Una de las fotos tomadas frente a uno de los siete murales de Mirrors George Town, de Ernest Zacharevic / Liew Chi Khong.

Acabo de encontrar esta foto de archivo de Diario El Sur. Arriba de EQUS (arriba a la derecha) viví hasta los siete años. De la casa me acuerdo perfectamente, era algo como lo que ahora el mundo hipster llamaría loft. Era antigua, de techo altísimo, donde yo jugaba a lanzar cosas y que quedaran pegadas. La cama de mis viejos, la de mi hermana y la mía estaban en el mismo lugar. Teníamos un Sony Tr…initon con caja de madera y un VHS negro. Teníamos un teléfono de esos que se giraban para marcar y buscábamos apellidos graciosos para hacer bromas realmente simples que en ese tiempo nos parecían lo máximo. Era eso y jugar con el taca taca que guardaba bajo mi cama. Era Barros con Rengo, era la primera vez que veía el mundo y lo vi desde el centro de Concepción, la Torre Lígure, el Strómboli. Las escaleras de madera, el comercio ambulante, los acuarios de calle Aurelio Manzano, los días de lluvia en que corríamos con mi mamá para mojarnos menos y nos mojábamos más. Años más tarde volví a la casa, estaba cambiada. Una familia hace una casa, pensé entonces. Hoy camino por esa esquina que quedó completamente destruída para el 27/F, la casa ya no está, ni el restorán que se hizo después. Hoy está La Polar, en un edificio que violenta el sentido armónico de la mayoría de las construcciones. Progreso, que le llaman. Era la primera vez que veía el mundo, era el centro de Concepción. Era Barros con Rengo, ahora no estoy seguro de lo que es.
Acabo de encontrar esta foto de archivo de Diario El Sur. Arriba de EQUS (arriba a la derecha) viví hasta los siete años. De la casa me acuerdo perfectamente, era algo como lo que ahora el mundo hipster llamaría loft. Era antigua, de techo altísimo, donde yo jugaba a lanzar cosas y que quedaran pegadas. La cama de mis viejos, la de mi hermana y la mía estaban en el mismo lugar. Teníamos un Sony Triniton con caja de madera y un VHS negro. Teníamos un teléfono de esos que se giraban para marcar y buscábamos apellidos graciosos para hacer bromas realmente simples que en ese tiempo nos parecían lo máximo. Era eso y jugar con el taca taca que guardaba bajo mi cama. Era Barros con Rengo, era la primera vez que veía el mundo y lo vi desde el centro de Concepción, la Torre Lígure, el Strómboli. Las escaleras de madera, el comercio ambulante, los acuarios de calle Aurelio Manzano, los días de lluvia en que corríamos con mi mamá para mojarnos menos y nos mojábamos más. Años más tarde volví a la casa, estaba cambiada. Una familia hace una casa, pensé entonces. Hoy camino por esa esquina que quedó completamente destruída para el 27/F, la casa ya no está, ni el restorán que se hizo después. Hoy está La Polar, en un edificio que violenta el sentido armónico de la mayoría de las construcciones. Progreso, que le llaman. Era la primera vez que veía el mundo, era el centro de Concepción. Era Barros con Rengo, ahora no estoy seguro de lo que es.

Christopher Hitchens - Epílogo al debate (subtitulado)

A man sat at a metro station in Washington DC  and started to play the violin; it was a cold January morning. He played  six Bach pieces for about 45 minutes. During that time, since it was  rush hour, it was calculated that thousands of people went through the  station, most of them on their way to work. Three minutes went by and a middle aged man noticed there was musician playing. He slowed his pa…ce and stopped for a few seconds and then hurried up to meet his schedule. A minute later, the violinist received his first dollar tip: a woman  threw the money in the till and without stopping continued to walk. A few minutes later, someone leaned against the wall to listen to him,  but the man looked at his watch and started to walk again. Clearly he  was late for work. The one who paid the most attention was a 3  year old boy. His mother tagged him along, hurried but the kid stopped  to look at the violinist. Finally the mother pushed hard and  the child continued to walk turning his head all the time. This action  was repeated by several other children. All the parents, without  exception, forced them to move on. In the 45 minutes the  musician played, only 6 people stopped and stayed for a while. About 20  gave him money but continued to walk their normal pace. He collected  $32. When he finished playing and silence took over, no one noticed it.  No one applauded, nor was there any recognition. No one knew  this but the violinist was Joshua Bell, one of the top musicians in the  world. He played one of the most intricate pieces ever written,with a  violin worth 3.5 million dollars. Two days before his playing in the subway, Joshua Bell sold out at a theater in Boston and the seats average $100. This is a real story. Joshua Bell playing incognito in the metro station was organized by the Washington Post as part of a social experiment  about perception, taste and priorities of people. The outlines were: in a  commonplace environment at an inappropriate hour: Do we perceive  beauty? Do we stop to appreciate it? Do we recognize the talent in an unexpected context? One of the possible conclusions from this experience could be: If we do  not have a moment to stop and listen to one of the best musicians in  the world playing the best music ever written, how many other things are  we missing?

A man sat at a metro station in Washington DC and started to play the violin; it was a cold January morning. He played six Bach pieces for about 45 minutes. During that time, since it was rush hour, it was calculated that thousands of people went through the station, most of them on their way to work.

Three minutes went by and a middle aged man noticed there was musician playing. He slowed his pace and stopped for a few seconds and then hurried up to meet his schedule.

A minute later, the violinist received his first dollar tip: a woman threw the money in the till and without stopping continued to walk.

A few minutes later, someone leaned against the wall to listen to him, but the man looked at his watch and started to walk again. Clearly he was late for work.

The one who paid the most attention was a 3 year old boy. His mother tagged him along, hurried but the kid stopped to look at the violinist.

Finally the mother pushed hard and the child continued to walk turning his head all the time. This action was repeated by several other children. All the parents, without exception, forced them to move on.

In the 45 minutes the musician played, only 6 people stopped and stayed for a while. About 20 gave him money but continued to walk their normal pace. He collected $32. When he finished playing and silence took over, no one noticed it. No one applauded, nor was there any recognition.

No one knew this but the violinist was Joshua Bell, one of the top musicians in the world. He played one of the most intricate pieces ever written,with a violin worth 3.5 million dollars.

Two days before his playing in the subway, Joshua Bell sold out at a theater in Boston and the seats average $100.

This is a real story. Joshua Bell playing incognito in the metro station

was organized by the Washington Post as part of a social experiment about perception, taste and priorities of people. The outlines were: in a commonplace environment at an inappropriate hour: Do we perceive beauty?

Do we stop to appreciate it? Do we recognize the talent in an unexpected context?

One of the possible conclusions from this experience could be: If we do not have a moment to stop and listen to one of the best musicians in the world playing the best music ever written, how many other things are we missing?

Estrategia para perder

Estrategia para perder