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Formas de volver a casa(Foto de Eduardo Fortes).
El martes 15 de julio fui a la Residencia Roberto Paz, que busca la reinserción social de las personas que viven en la calle. Esto es lo que acabo de escribir.
“Después de la calle no hay nada. No existe ninguna situación de pobreza más baja que la calle. Ahí quebraste los vínculos con tu familia y tus hijos. No queda nada”, dice Jorge Bustos, el director de la Residencia Roberto Paz, donde 24 personas buscan reinsertarse socialmente, llevar una vida normal y poder recuperar lo que hasta hace poco habían perdido.Jorge, destaca que el 12 de julio se celebró el segundo aniversario de esta casa que lleva el nombre de uno de sus usuarios. Acá las 24 personas duermen, toman desayuno, se bañan, leen, juegan, almuerzan, ven televisión; pero sobre todo comparten sus experiencias de vida, se van reconstruyendo del terremoto social que es la pobreza. Así lo define Jorge, mientras presenta a Mauricio Cancino.Mauricio tiene 33 años y su relato es crudo. “Estuve botado en la calle, con el pelo largo, la cara sucia, la ropa rota. Pasé frío, pero el frío verdadero. Pasé hambre, un hambre terrible, que no quiero volver a sentir”, dice mientras se sienta en un sillón de tres cuerpos en medio del salón que alberga la pequeña biblioteca de la Casa Roberto Paz. Ahí suele ser acompañado por dos amigos con quienes intercambia vivencias. Hablan de los lugares donde dormían, dicen que haber dejado la calle es la mejor decisión que tomaron en sus vidas. Y se nota.Mauro, como le dice otro usuario llamado Marcelo, estuvo cerca de morir y lo sabe. Pasó noches de invierno en las que creyó que el frío terminaría con todo su sufrimiento. La historia que cuenta es igual de fría. “Mi mujer me dejó con mi hijo, caí en depresión, me puse a tomar, terminé en la calle y ahí dejó de importarme todo”.Pero tuvo suerte, al menos es lo que explica. “Conocí a gente que se mostró preocupada por mí. Me hablaron de los albergues y los visité. Ahí comencé a comer mejor, a subir de peso. Ahí me di cuenta que había otros como yo, pero otros que querían salir adelante”. Entonces le contaron de la Residencia Roberto Paz y acá vive actualmente. “La vida me cambió un 100%. Aquí me dieron cariño, me buscaron trabajo. Tengo un hijo de dos años y cuatro meses y acá entendí que es importante luchar por él. Ser alguien en la vida. Mi hijo está en Chiguayante, se los pasé a unos guardadores. Voy a verlo una vez a la semana, cuando tengo plata. Estoy intentando hacer los cursos para ser guardia y nivelar mis estudios”, cuenta. Mauricio lo cuenta orgulloso y su orgullo es compartido por quienes lo escuchan. LA LEY DE LA CALLEMarcelo Humberto tiene 29 años y afirma que cuando lo dice la gente no le cree. “La calle me envejeció, pareciera que tengo más edad, pero soy joven”. Su cara reafirma lo que dice, pareciera tener 40, porque los días en la calle se marcan en la piel como si fueran años. Ahí vivió varios meses, no quiere precisar cuántos, pero recuerda ese lapso con dolor.Los días pasan como una copia tras otra. A eso, hay que agregarle el frío, el buscar un refugio de la lluvia, la pérdida de la civilidad, los amigos que van desapareciendo, los buenos amigos que no se quieren abandonar.Dejar la calle para Marcelo fue un proceso duro. Uno se encariña con la gente que comparte sus noches. Comparten todo: la comida, los tragos, las frazadas, excepto las ubicaciones a la hora de dormir. Cada uno tiene un lugar preferido que el otro respeta. A ello se suman perros callejeros, fieles compañeros que también buscan alimento y calor. Todos juntos se apoyan y se protegen de las miradas de los terceros, de la lástima ajena que –la mayoría de los casos- permanece distante.“Pero salí o comencé a salir de ahí. Estuve en un centro de rehabilitación durante dos años y empecé a quedarme en albergues. Una de las monitoras me dijo cómo postular a esta casa y tras dos semanas llegué acá. Llevo tres meses y la vida me cambió. Cambié la calle por una cama cómoda, unos amigos que buscan lo mismo: una oportunidad de ser alguien mejor”.Marcelo Humberto está terminando sus estudios de enseñanza básica con la ayuda de estudiantes universitarios que regalan horas de su semana para estudiar con él. Y él respalda su entrega, con sueños grandes: “Quiero terminar la enseñanza básica y luego la enseñanza media. Además estoy postulando a Infocap, quiero dedicarme a la gastronomía”, cuenta. BUSCÁNDONOSLa mayoría de los 24 usuarios de la Residencia Roberto Paz son hombres. Sólo cuatro mujeres recorren la gran casona ubicada en calle Bulnes 540, Concepción, que sus propios residentes cuidan y mantienen impecable, y las tareas se reparten de manera equitativa. Acá cada uno se hace responsable de su habitación, pero también de los espacios comunes, de cocinar, de lavar, de limpiar, de ordenar.Para llegar hasta acá hay que postular, pasar dos entrevistas, mostrar real voluntad de contribuir a la casa, de salir adelante. Esta es la última etapa para la reinserción social, dentro de una serie de pasos donde el Ministerio de Desarrollo Social busca acompañar a las personas que hacen su vida en la calle. En la Región son 871 y en Chile 12.255.“Lo más importante es que ellos postulan y dan el paso de venir. Nosotros no vamos a buscarlos a la calle, ellos nos buscan. Trabajamos con un equipo interdisciplinario de trabajadores sociales, sociólogos, técnicos en rehabilitación de drogas, porque sabemos que el desafío es grande. Las personas que han pasado mucho tiempo en la calle, han perdido los hábitos y hay que ayudarlos en esa recuperación. Durante los 18 meses que ellos están con nosotros, intentamos revincularlos con sus vidas, con sus familias, con sus hijos”, cuenta Jorge Bustos.Casi al final de este recorrido, me acerco a Jorge, le pregunto cómo colabora un ciudadano común y corriente. Nos sentamos en el comedor donde aún desayunan cinco personas. Jorge habla de varios mecanismos, de voluntariado para acompañar a las personas en sus estudios, de sicólogos que regalen un par de horas semanales a los usuarios que buscan reinsertarse, de trabajadores sociales, de estudiantes, de amigos. Al final, ya casi concluyendo la lista de posibles ayudas, Jorge da con una respuesta que parece satisfacerlo más que todas las anteriores. ¿Sabes cómo se ayuda más y mejor a estas personas? –pregunta- Dándoles oportunidades, responde y toma un sorbo del té que le acaban de traer.El reloj recién supera las 10 de la mañana y el día ha comenzado en la Residencia Roberto Paz. La puerta se abre y salimos –afortunados como somos-, por un rato, a la calle.
…La casa Roberto Paz, ubicada en Bulnes 540, Concepción, es administrada por la Fundación Catimm, tiene capacidad para recibir a 30 personas. Dentro de los beneficios que pueden disfrutar se encuentra la comida, el alojamiento, lavandería, televisión, juegos, talleres y computadores con internet.Durante todo el día, la casa Roberto Paz, recibe frazadas, ropa, alimentos y a voluntarios que quieran apoyar la reinserción social de sus usuarios.https://www.facebook.com/voluntariado.catim

Formas de volver a casa
(Foto de Eduardo Fortes).

El martes 15 de julio fui a la Residencia Roberto Paz, que busca la reinserción social de las personas que viven en la calle. Esto es lo que acabo de escribir.


“Después de la calle no hay nada. No existe ninguna situación de pobreza más baja que la calle. Ahí quebraste los vínculos con tu familia y tus hijos. No queda nada”, dice Jorge Bustos, el director de la Residencia Roberto Paz, donde 24 personas buscan reinsertarse socialmente, llevar una vida normal y poder recuperar lo que hasta hace poco habían perdido.

Jorge, destaca que el 12 de julio se celebró el segundo aniversario de esta casa que lleva el nombre de uno de sus usuarios. Acá las 24 personas duermen, toman desayuno, se bañan, leen, juegan, almuerzan, ven televisión; pero sobre todo comparten sus experiencias de vida, se van reconstruyendo del terremoto social que es la pobreza. Así lo define Jorge, mientras presenta a Mauricio Cancino.

Mauricio tiene 33 años y su relato es crudo. “Estuve botado en la calle, con el pelo largo, la cara sucia, la ropa rota. Pasé frío, pero el frío verdadero. Pasé hambre, un hambre terrible, que no quiero volver a sentir”, dice mientras se sienta en un sillón de tres cuerpos en medio del salón que alberga la pequeña biblioteca de la Casa Roberto Paz. Ahí suele ser acompañado por dos amigos con quienes intercambia vivencias. Hablan de los lugares donde dormían, dicen que haber dejado la calle es la mejor decisión que tomaron en sus vidas. Y se nota.

Mauro, como le dice otro usuario llamado Marcelo, estuvo cerca de morir y lo sabe. Pasó noches de invierno en las que creyó que el frío terminaría con todo su sufrimiento. La historia que cuenta es igual de fría. “Mi mujer me dejó con mi hijo, caí en depresión, me puse a tomar, terminé en la calle y ahí dejó de importarme todo”.

Pero tuvo suerte, al menos es lo que explica. “Conocí a gente que se mostró preocupada por mí. Me hablaron de los albergues y los visité. Ahí comencé a comer mejor, a subir de peso. Ahí me di cuenta que había otros como yo, pero otros que querían salir adelante”. Entonces le contaron de la Residencia Roberto Paz y acá vive actualmente. 

“La vida me cambió un 100%. Aquí me dieron cariño, me buscaron trabajo. Tengo un hijo de dos años y cuatro meses y acá entendí que es importante luchar por él. Ser alguien en la vida. Mi hijo está en Chiguayante, se los pasé a unos guardadores. Voy a verlo una vez a la semana, cuando tengo plata. Estoy intentando hacer los cursos para ser guardia y nivelar mis estudios”, cuenta. Mauricio lo cuenta orgulloso y su orgullo es compartido por quienes lo escuchan. 

LA LEY DE LA CALLE
Marcelo Humberto tiene 29 años y afirma que cuando lo dice la gente no le cree. “La calle me envejeció, pareciera que tengo más edad, pero soy joven”. Su cara reafirma lo que dice, pareciera tener 40, porque los días en la calle se marcan en la piel como si fueran años. Ahí vivió varios meses, no quiere precisar cuántos, pero recuerda ese lapso con dolor.

Los días pasan como una copia tras otra. A eso, hay que agregarle el frío, el buscar un refugio de la lluvia, la pérdida de la civilidad, los amigos que van desapareciendo, los buenos amigos que no se quieren abandonar.

Dejar la calle para Marcelo fue un proceso duro. Uno se encariña con la gente que comparte sus noches. Comparten todo: la comida, los tragos, las frazadas, excepto las ubicaciones a la hora de dormir. Cada uno tiene un lugar preferido que el otro respeta. A ello se suman perros callejeros, fieles compañeros que también buscan alimento y calor. Todos juntos se apoyan y se protegen de las miradas de los terceros, de la lástima ajena que –la mayoría de los casos- permanece distante.

“Pero salí o comencé a salir de ahí. Estuve en un centro de rehabilitación durante dos años y empecé a quedarme en albergues. Una de las monitoras me dijo cómo postular a esta casa y tras dos semanas llegué acá. Llevo tres meses y la vida me cambió. Cambié la calle por una cama cómoda, unos amigos que buscan lo mismo: una oportunidad de ser alguien mejor”.

Marcelo Humberto está terminando sus estudios de enseñanza básica con la ayuda de estudiantes universitarios que regalan horas de su semana para estudiar con él. Y él respalda su entrega, con sueños grandes: “Quiero terminar la enseñanza básica y luego la enseñanza media. Además estoy postulando a Infocap, quiero dedicarme a la gastronomía”, cuenta. 

BUSCÁNDONOS
La mayoría de los 24 usuarios de la Residencia Roberto Paz son hombres. Sólo cuatro mujeres recorren la gran casona ubicada en calle Bulnes 540, Concepción, que sus propios residentes cuidan y mantienen impecable, y las tareas se reparten de manera equitativa. Acá cada uno se hace responsable de su habitación, pero también de los espacios comunes, de cocinar, de lavar, de limpiar, de ordenar.

Para llegar hasta acá hay que postular, pasar dos entrevistas, mostrar real voluntad de contribuir a la casa, de salir adelante. Esta es la última etapa para la reinserción social, dentro de una serie de pasos donde el Ministerio de Desarrollo Social busca acompañar a las personas que hacen su vida en la calle. En la Región son 871 y en Chile 12.255.

“Lo más importante es que ellos postulan y dan el paso de venir. Nosotros no vamos a buscarlos a la calle, ellos nos buscan. Trabajamos con un equipo interdisciplinario de trabajadores sociales, sociólogos, técnicos en rehabilitación de drogas, porque sabemos que el desafío es grande. Las personas que han pasado mucho tiempo en la calle, han perdido los hábitos y hay que ayudarlos en esa recuperación. Durante los 18 meses que ellos están con nosotros, intentamos revincularlos con sus vidas, con sus familias, con sus hijos”, cuenta Jorge Bustos.

Casi al final de este recorrido, me acerco a Jorge, le pregunto cómo colabora un ciudadano común y corriente. Nos sentamos en el comedor donde aún desayunan cinco personas. Jorge habla de varios mecanismos, de voluntariado para acompañar a las personas en sus estudios, de sicólogos que regalen un par de horas semanales a los usuarios que buscan reinsertarse, de trabajadores sociales, de estudiantes, de amigos. 

Al final, ya casi concluyendo la lista de posibles ayudas, Jorge da con una respuesta que parece satisfacerlo más que todas las anteriores. ¿Sabes cómo se ayuda más y mejor a estas personas? –pregunta- Dándoles oportunidades, responde y toma un sorbo del té que le acaban de traer.
El reloj recién supera las 10 de la mañana y el día ha comenzado en la Residencia Roberto Paz. La puerta se abre y salimos –afortunados como somos-, por un rato, a la calle.


La casa Roberto Paz, ubicada en Bulnes 540, Concepción, es administrada por la Fundación Catimm, tiene capacidad para recibir a 30 personas. Dentro de los beneficios que pueden disfrutar se encuentra la comida, el alojamiento, lavandería, televisión, juegos, talleres y computadores con internet.
Durante todo el día, la casa Roberto Paz, recibe frazadas, ropa, alimentos y a voluntarios que quieran apoyar la reinserción social de sus usuarios.
https://www.facebook.com/voluntariado.catim

Latiendo
Hay una frase del escritor Roberto Bolaño que, creo, es la que mejor resume el ser chileno y dice así: “Y en esto reside el encanto del país: en la voluntad de hundirse cuando puede volar y de volar cuando está irremediablemente hundido”.Pienso en el terremoto, en la historia de los mineros, y cómo volamos estando literalmente hundidos. Allá abajo, angustiados. Pienso en Massú, González y Ríos ganándolo todo en un país donde el tenis no es tema. O no lo era. Pienso en Tomás González entrenando en colchonetas deshilachadas, en gimnasios fríos, en pisos duros. Pienso en el mismo Bolaño escribiendo toda la noche con frazadas de lana de oveja sobre su espalda, para que su sueño de ser escritor no se congelara.Pero también pienso en ganar 3 a 1 en un Mundial de fútbol y no disfrutarlo a concho, allá arriba, dichosos. Chile ganó en una competencia donde llegan los mejores y estamos vivos. Estamos ilusionados, expectantes, latiendo. Disfrutemos.Pero sobre todo pienso en estos cabros, sí muchachos, son apenas unos cabros chicos y les confiamos la responsabilidad de representar a un país completo, uno que olvida sus diferencias pocas veces -muy pocas veces- y se cuadra detrás de creer en lo ilógico de ser los mejores alguna vez. “El sentirnos los mejores por un rato”, dice un comercial de cerveza argentina que -probablemente- es el mejor comercial de la historia de los mundiales. “La ilusión de tener el mundo entre las manos”, Enrique. Lihn. Y en eso estamos.Y ahí, en medio de toda esa intertextualidad que me lleva incluso a recordar a Penny Lane en Casi Famosos y su frase “el amar tanto una canción, que llega a doler”, -el amar tanto un equipo que da lo mismo si nunca llega a ser campeón, si sufrimos por él, si nos pasamos toda la vida viéndolo caer, pero agradeciéndole que nos permita seguir creyendo- -amateurismo, el amor por los colores del que habla ese brillante video de Kramer imitando a Sampaoli, Pellegrini y Mourinho; pienso en Aléxis Sánchez y la frase que soltó como un dicho común y corriente al terminar el partido de anoche contra Australia, pero que fue una bomba: “No pienso en los récords, sólo pienso en ser feliz en el campo de juego, desde que nací me divierto en la cancha y gracias a mis compañeros hago lo que mejor sé hacer”, dijo. Y yo quedé pegado.Y quedé pegado porque lo dice alguien menor que yo, que no tuvo los privilegios que tuve y que hoy lo dice desde la cima. Volando allá arriba, cuando debió haber estado irremediablemente hundido. Lo dice tras convertir un gol en un Mundial. Lo dice tras ganar tres puntos en una Copa del Mundo, con él a la cabeza. Acá el contexto no existe. No importa la cancha, ni el premio, ni el récord. Que eso quede para el Periodismo, para la data y la estadística que poco y nada tiene que ver con el deporte, con este apasionante deporte. Bielsa lo explicó -era que no- de manera perfecta: “En Chile recuperé el amor por la tarea”, dijo emocionadísimo un 4 de febrero de 2011, mientras renunciaba. Y se fue, pero quedó.Este va a ser un mundial especial. Ya lo está siendo. Deberíamos estar hundidos por compartir grupo con España y Holanda, pero estamos volando, liderados por niños que sólo quieren ser felices. Necesitamos más Aléxis metidos en todo. Gente trabajando en lo que le gusta, personas haciendo lo que mejor saben hacer. Necesitamos seguir volando allá arriba un rato y que venga Holanda, España y Brasil. Que vengan todos los que tengan que venir. Quedémonos acá arriba por un buen rato. Ilusionados, expectantes. Sigamos latiendo, muchachos. Latiendo.

Latiendo

Hay una frase del escritor Roberto Bolaño que, creo, es la que mejor resume el ser chileno y dice así: “Y en esto reside el encanto del país: en la voluntad de hundirse cuando puede volar y de volar cuando está irremediablemente hundido”.
Pienso en el terremoto, en la historia de los mineros, y cómo volamos estando literalmente hundidos. Allá abajo, angustiados. Pienso en Massú, González y Ríos ganándolo todo en un país donde el tenis no es tema. O no lo era. Pienso en Tomás González entrenando en colchonetas deshilachadas, en gimnasios fríos, en pisos duros. Pienso en el mismo Bolaño escribiendo toda la noche con frazadas de lana de oveja sobre su espalda, para que su sueño de ser escritor no se congelara.
Pero también pienso en ganar 3 a 1 en un Mundial de fútbol y no disfrutarlo a concho, allá arriba, dichosos. Chile ganó en una competencia donde llegan los mejores y estamos vivos. Estamos ilusionados, expectantes, latiendo. Disfrutemos.
Pero sobre todo pienso en estos cabros, sí muchachos, son apenas unos cabros chicos y les confiamos la responsabilidad de representar a un país completo, uno que olvida sus diferencias pocas veces -muy pocas veces- y se cuadra detrás de creer en lo ilógico de ser los mejores alguna vez. “El sentirnos los mejores por un rato”, dice un comercial de cerveza argentina que -probablemente- es el mejor comercial de la historia de los mundiales. “La ilusión de tener el mundo entre las manos”, Enrique. Lihn. Y en eso estamos.
Y ahí, en medio de toda esa intertextualidad que me lleva incluso a recordar a Penny Lane en Casi Famosos y su frase “el amar tanto una canción, que llega a doler”, -el amar tanto un equipo que da lo mismo si nunca llega a ser campeón, si sufrimos por él, si nos pasamos toda la vida viéndolo caer, pero agradeciéndole que nos permita seguir creyendo- -amateurismo, el amor por los colores del que habla ese brillante video de Kramer imitando a Sampaoli, Pellegrini y Mourinho; pienso en Aléxis Sánchez y la frase que soltó como un dicho común y corriente al terminar el partido de anoche contra Australia, pero que fue una bomba: “No pienso en los récords, sólo pienso en ser feliz en el campo de juego, desde que nací me divierto en la cancha y gracias a mis compañeros hago lo que mejor sé hacer”, dijo. Y yo quedé pegado.
Y quedé pegado porque lo dice alguien menor que yo, que no tuvo los privilegios que tuve y que hoy lo dice desde la cima. Volando allá arriba, cuando debió haber estado irremediablemente hundido. Lo dice tras convertir un gol en un Mundial. Lo dice tras ganar tres puntos en una Copa del Mundo, con él a la cabeza. 
Acá el contexto no existe. No importa la cancha, ni el premio, ni el récord. Que eso quede para el Periodismo, para la data y la estadística que poco y nada tiene que ver con el deporte, con este apasionante deporte. Bielsa lo explicó -era que no- de manera perfecta: “En Chile recuperé el amor por la tarea”, dijo emocionadísimo un 4 de febrero de 2011, mientras renunciaba. Y se fue, pero quedó.
Este va a ser un mundial especial. Ya lo está siendo. Deberíamos estar hundidos por compartir grupo con España y Holanda, pero estamos volando, liderados por niños que sólo quieren ser felices. Necesitamos más Aléxis metidos en todo. Gente trabajando en lo que le gusta, personas haciendo lo que mejor saben hacer. Necesitamos seguir volando allá arriba un rato y que venga Holanda, España y Brasil. Que vengan todos los que tengan que venir. Quedémonos acá arriba por un buen rato. Ilusionados, expectantes. Sigamos latiendo, muchachos. Latiendo.

Nada menos

Los bomberos, los tipazos que a esta hora están salvando mascotas. Los brigadistas, los vecinos que perdieron todo y fueron a proteger casas que no eran las suyas. Los niños que juegan como niños y que regalan sus juguetes para que otros también lo hagan. Las mamás preocupadas que sus cabros chicos en el puerto no pierdan clases, que sigan yendo, que recuperen las horas perdidas, que aprendan para que tengan un mejor pasar un día que ni siquiera están seguras que llegará. Las enfermeras, los profes, las compañías de teatro que van a cuidar y a transportar a los damnificados. Los que se conmueven, los que se movilizan con el dolor ajeno, los que no se pueden quedar ajenos al dolor. El Techo, el Desafío, las Federaciones de Estudiantes, los voluntarios, los que no fueron a estorbar, los héroes anónimos, los que saben que con tuitear o actualizar el perfil de Facebook no basta. Los que mañana se levantarán y llamarán a su hermano, a su viejo, a su mamá, al amigo y juntarán muchas manos para ayudar como se debe. Los que están allá peleandola una vez más. Los que lo perdieron todo y dicen “es sólo algo material”. Los que hablan, pero sobre todo: los que escuchan. Los que no pusieron su partido o tendencia política primero, los jóvenes, que no pueden ser ni hacer otra cosa que ser jóvenes y estremecerse con las imágenes y no quedarse quietos. Los que no se van a olvidar con el paso de los días. Los miles que a esta hora mastican algo más grande que ellos en su interior y que saben que deben comprometerse. Lo mejor de Chile, muchachos, en estos momentos, en estos momentos es cuando debe salir lo mejor de Chile, nada menos. #FuerzaValpo.

Soñé que era Claudio Bertoni y tenía que seguir inventando chistes para que los estudiantes me siguieran aplaudiendo, aunque llevaba años aburrido de hacerlo.
Soñé que era Vicente Huidobro y escribía un poema en una carretera a lo largo de todo Chile. Entonces un periodista me preguntaba si era en apoyo a los estudiantes, si era contra la guerra en Siria, si lo hacía para que el pan no subiera y Rodrigo Lira no volviera a suicidarse. Soñé que era Rodrigo Lira y vivía hasta los 100 años.
Soñé que era Stella Diaz Varín y volvía al Café Iris donde toda la generación del 50 me prometió algo que no cumpliría.
Volví a soñar que era Stella Diaz Varín y por fin me daba el gusto de matar a González Videla.
Soñé que era Pepe Donoso y me casaba con un hombre y no importaba cuántos obscenos pájaros de la noche escribiera, la gente sólo me preguntaba por mi pareja.
Soñé que era Jorge Teillier y despertaba en el futuro que siempre me causó nostalgia. Era un cúmulo de edificios parados y sin sangre.
Soñé que era Enrique Lihn y caminábamos en línea recta con Jodorowsky. Atravesábamos casas y almacenes abandonados y finalmente llegábamos a un precipicio. Alejandro me miraba y me decía que saltara, que los seres humanos podían lograrlo todo. Entonces yo lo empujaba y nunca más lo volvía a ver.
Soñé que era Roberto Bolaño y me había hecho el muerto para que me dejaran tranquilo. Había abierto una librería en el Edificio Pedro de Valdivia de Concepción y dejaba que Pepito Tequila me robara libros con sus amigos borrachos.
Soñé que era Pablo Neruda y volvía a vivir a Isla Negra y no lo soportaba. Ese millar de flashes, no lo soportaba.
Soñé que era Nicanor Parra y me suicidaba un día antes de cumplir 100 años, sólo para no darles en el gusto.
Y entonces desperté.

Una de las fotos tomadas frente a uno de los siete murales de Mirrors George Town, de Ernest Zacharevic / Liew Chi Khong.

Una de las fotos tomadas frente a uno de los siete murales de Mirrors George Town, de Ernest Zacharevic / Liew Chi Khong.

Acabo de encontrar esta foto de archivo de Diario El Sur. Arriba de EQUS (arriba a la derecha) viví hasta los siete años. De la casa me acuerdo perfectamente, era algo como lo que ahora el mundo hipster llamaría loft. Era antigua, de techo altísimo, donde yo jugaba a lanzar cosas y que quedaran pegadas. La cama de mis viejos, la de mi hermana y la mía estaban en el mismo lugar. Teníamos un Sony Tr…initon con caja de madera y un VHS negro. Teníamos un teléfono de esos que se giraban para marcar y buscábamos apellidos graciosos para hacer bromas realmente simples que en ese tiempo nos parecían lo máximo. Era eso y jugar con el taca taca que guardaba bajo mi cama. Era Barros con Rengo, era la primera vez que veía el mundo y lo vi desde el centro de Concepción, la Torre Lígure, el Strómboli. Las escaleras de madera, el comercio ambulante, los acuarios de calle Aurelio Manzano, los días de lluvia en que corríamos con mi mamá para mojarnos menos y nos mojábamos más. Años más tarde volví a la casa, estaba cambiada. Una familia hace una casa, pensé entonces. Hoy camino por esa esquina que quedó completamente destruída para el 27/F, la casa ya no está, ni el restorán que se hizo después. Hoy está La Polar, en un edificio que violenta el sentido armónico de la mayoría de las construcciones. Progreso, que le llaman. Era la primera vez que veía el mundo, era el centro de Concepción. Era Barros con Rengo, ahora no estoy seguro de lo que es.
Acabo de encontrar esta foto de archivo de Diario El Sur. Arriba de EQUS (arriba a la derecha) viví hasta los siete años. De la casa me acuerdo perfectamente, era algo como lo que ahora el mundo hipster llamaría loft. Era antigua, de techo altísimo, donde yo jugaba a lanzar cosas y que quedaran pegadas. La cama de mis viejos, la de mi hermana y la mía estaban en el mismo lugar. Teníamos un Sony Triniton con caja de madera y un VHS negro. Teníamos un teléfono de esos que se giraban para marcar y buscábamos apellidos graciosos para hacer bromas realmente simples que en ese tiempo nos parecían lo máximo. Era eso y jugar con el taca taca que guardaba bajo mi cama. Era Barros con Rengo, era la primera vez que veía el mundo y lo vi desde el centro de Concepción, la Torre Lígure, el Strómboli. Las escaleras de madera, el comercio ambulante, los acuarios de calle Aurelio Manzano, los días de lluvia en que corríamos con mi mamá para mojarnos menos y nos mojábamos más. Años más tarde volví a la casa, estaba cambiada. Una familia hace una casa, pensé entonces. Hoy camino por esa esquina que quedó completamente destruída para el 27/F, la casa ya no está, ni el restorán que se hizo después. Hoy está La Polar, en un edificio que violenta el sentido armónico de la mayoría de las construcciones. Progreso, que le llaman. Era la primera vez que veía el mundo, era el centro de Concepción. Era Barros con Rengo, ahora no estoy seguro de lo que es.

Christopher Hitchens - Epílogo al debate (subtitulado)

A man sat at a metro station in Washington DC  and started to play the violin; it was a cold January morning. He played  six Bach pieces for about 45 minutes. During that time, since it was  rush hour, it was calculated that thousands of people went through the  station, most of them on their way to work. Three minutes went by and a middle aged man noticed there was musician playing. He slowed his pa…ce and stopped for a few seconds and then hurried up to meet his schedule. A minute later, the violinist received his first dollar tip: a woman  threw the money in the till and without stopping continued to walk. A few minutes later, someone leaned against the wall to listen to him,  but the man looked at his watch and started to walk again. Clearly he  was late for work. The one who paid the most attention was a 3  year old boy. His mother tagged him along, hurried but the kid stopped  to look at the violinist. Finally the mother pushed hard and  the child continued to walk turning his head all the time. This action  was repeated by several other children. All the parents, without  exception, forced them to move on. In the 45 minutes the  musician played, only 6 people stopped and stayed for a while. About 20  gave him money but continued to walk their normal pace. He collected  $32. When he finished playing and silence took over, no one noticed it.  No one applauded, nor was there any recognition. No one knew  this but the violinist was Joshua Bell, one of the top musicians in the  world. He played one of the most intricate pieces ever written,with a  violin worth 3.5 million dollars. Two days before his playing in the subway, Joshua Bell sold out at a theater in Boston and the seats average $100. This is a real story. Joshua Bell playing incognito in the metro station was organized by the Washington Post as part of a social experiment  about perception, taste and priorities of people. The outlines were: in a  commonplace environment at an inappropriate hour: Do we perceive  beauty? Do we stop to appreciate it? Do we recognize the talent in an unexpected context? One of the possible conclusions from this experience could be: If we do  not have a moment to stop and listen to one of the best musicians in  the world playing the best music ever written, how many other things are  we missing?

A man sat at a metro station in Washington DC and started to play the violin; it was a cold January morning. He played six Bach pieces for about 45 minutes. During that time, since it was rush hour, it was calculated that thousands of people went through the station, most of them on their way to work.

Three minutes went by and a middle aged man noticed there was musician playing. He slowed his pace and stopped for a few seconds and then hurried up to meet his schedule.

A minute later, the violinist received his first dollar tip: a woman threw the money in the till and without stopping continued to walk.

A few minutes later, someone leaned against the wall to listen to him, but the man looked at his watch and started to walk again. Clearly he was late for work.

The one who paid the most attention was a 3 year old boy. His mother tagged him along, hurried but the kid stopped to look at the violinist.

Finally the mother pushed hard and the child continued to walk turning his head all the time. This action was repeated by several other children. All the parents, without exception, forced them to move on.

In the 45 minutes the musician played, only 6 people stopped and stayed for a while. About 20 gave him money but continued to walk their normal pace. He collected $32. When he finished playing and silence took over, no one noticed it. No one applauded, nor was there any recognition.

No one knew this but the violinist was Joshua Bell, one of the top musicians in the world. He played one of the most intricate pieces ever written,with a violin worth 3.5 million dollars.

Two days before his playing in the subway, Joshua Bell sold out at a theater in Boston and the seats average $100.

This is a real story. Joshua Bell playing incognito in the metro station

was organized by the Washington Post as part of a social experiment about perception, taste and priorities of people. The outlines were: in a commonplace environment at an inappropriate hour: Do we perceive beauty?

Do we stop to appreciate it? Do we recognize the talent in an unexpected context?

One of the possible conclusions from this experience could be: If we do not have a moment to stop and listen to one of the best musicians in the world playing the best music ever written, how many other things are we missing?